El tipo que puso en el mapa mundial a Arguineguín, un humilde pueblo marinero de la costa de Gran Canaria, fue siempre un superdotado del espacio: cuando todo se movía a su alrededor él ya lo había visto y optaba siempre por la mejor posibilidad casi de un modo innato y lógico. Restándose importancia, quitándole épica, siendo como siempre ha sido, un tipo normal que cuando jugaba al fútbol era un personaje distinto porque siempre fue el más listo, el más apto, el más puro representante de la esencia que supone jugar al fútbol: alguien con un balón haciendo mejores a sus compañeros, pero además, condecorado con una personalidad silenciosa, respetuosa, atenta, educada, alejada por completo de cualquier divismo demostrando que se puede ser patrón sin dar un grito, enseñando que un genio no necesita parecerlo. Fruto de esa personalidad diferente fue la decisión de acabar su carrera aquí, en la isla, con su equipo inicial, quizás queriendo cerrar el círculo y ayudar a su gente en el ansiadísimo ascenso.
Todos lo hemos visto: cuando los búfalos venían a cazarlo, el mito ya se olía el percal y antes de saltar sobre ellos y ponerse a salvo dejaba al delantero solo ante el portero y dibujaba la sonrisa en cada butaca del estadio, en cada sofá de cada casa, en cada barra de bar y casi no importaba de qué equipo fueses porque aquel tipo largo y sonriente era el mejor de todos y era un gustazo verlo. Se va un auténtico genio. Un tipo especial que deja una huella inolvidable, eterna, preciosa. Qué honor haber podido verte, Juan Carlos, qué honor.
Infinitas gracias, Mago.

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