El pasado jueves se vivió una gran noche en el Estadio de Gran Canaria. Rara hora para limpiar el polvo acumulado durante algunos lustros a unos hábitos abandonados. Pero fue un ejercicio de aseo colectivo lo que sucedió en el enfrentamiento ante la mitad de la Sevilla futbolera.
La afición, en un número sensiblemente inferior a las cifras estimadas más optimistas, se entregó sin condiciones, asumió su papel y desde el primer minuto alentó al equipo. Se volvió a vivir un ambiente que demostró que , aunque las pistas de atletismo son un condicionante de inexplicable existencia, éste no es insalvable si se tienen la actitud y las ganas necesarias. Los casi 15.000 incondicionales amarillos que asistieron a un partido atractivo pero en una hora incómoda entre días laborables con la TV en directo rugieron desde el convencimiento de estar en otro recinto, en otro momento deportivo. Pero estaban viviendo el presente, hasta hace poco tan lastimero, que ahora proyecta una sombra que invita a soñar.Y entrando ya en los apartados estrictamente del juego y técnicos del partido, quizás no vimos un partido altamente estético, aunque ambos equipos tienden al despliegue ofensivo sobre la estética desde una base defensiva colmada de pragmatismo (la UD encontró su mejor versión cuando asumió que la lírica sin su cuota de trabajo es estéril). El Betis que, con sólo 2 titulares habituales de inicio, siguió siendo el mismo equipo reconocible, con sus virtudes y defectos. Tanto fue la resistencia amarilla, y sus escarceos con el gol en el área bética, que Pepe Mel temió lo peor, y tuvo que poner en liza sobre el terreno sus 2 mejores hombres, Beñat y Rubén Castro.

Siempre Rubén, Siempre Rubén Castro. Poco tardó el ariete bético, nacido de las entrañas de la entidad de Pío XII, en colocar un balón a la escuadra en un gesto técnico prolijo que no se aprende sino en las canchas de barrio, donde se crean y se perfeccionan gestos que marcan las diferencias. Una gozada también Beñat, jugador que ya en 2ª División disputó partidos contra la UD, y se le intuía cierta proyección aunque es cierto que ha superado todas las expectativas.
Y en ese intercambio de golpes, hubo jugadores que sacaron su mejor versión, entre ellos Mariano Barbosa con varias atajadas de mérito, Thievy con sus sus jugadas de la casa, de las que de una de ellas nació el gol que Chrisantus llevó a la red, y terminó por imponer justicia a un enfrentamiento emocionante y bastante equilibrado aunque sin exceso de brillo.
El rival, y su entorno sobretodo, está confiado que el partido de vuelta es un trámite que tienen que cumplir. Que no se confíen demasiado, el Betis es el Curro Romero del fútbol español: capaz de lo mejor y de lo peor.


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